La muerte vestida de noticia.

Tengo la “suerte” de tener a mi alrededor personas que me recuerdan que entre clase y clase, de un trabajo a otro e incluso después de las horas de oficina, lo mejor que puedo hacer es sentarme a escribir. Escribir se escribe sobretodo por compartir pequeños milagros cotidianos; por comprender las horas, los días que pasan y ya se han ido. Y así, sin previo aviso se presenta la muerte vestida de noticia.

Tú que hiciste un pacto con la vida a cambio de un futuro. Que has sacrificado tantas horas de estudio, de trabajo y hasta de preocupación. Tú que fuiste el primero de la clase, el último de tus amigos en perder la virginidad; tú que todos los domingos salías a pasear por El Retiro y nunca aprendiste a bailar. Alguna vez creíste que podrías engañar al tiempo, y sin embargo no.


Vivimos la vida como si no fuéramos a morir nunca. Aceptamos que el tiempo se escapa a nuestra comprensión humana y en algún momento olvidamos que la frágil belleza de la vida no existe lejos del presente. Acordamos con nosotros mismos despertarnos antes para ver amanecer mañana, mientras nos perdemos el atardecer del día de hoy. Y la muerte de repente nos roba toda posibilidad de seguir escribiendo en la libreta de los sueños.

Ante la muerte de un ser querido entonces sentimos que nos han robado la tierra sobre la que caminamos. De repente el dolor se hace tan agudo que nos sentimos en mitad de ningún sitio, traicionados y abandonados por cualquier noción de realidad. Enfrentarnos a la muerte supone, entre otras muchas cosas, aceptar el hecho de que el cuerpo físico en algún momento deja de existir como tal.

De la forma de preparar la mente para un cuerpo que se ha ido, podemos hablar como de meditar. En la meditación aprendemos a aceptar y dar la bienvenida a cada nueva respiración. Saltamos de una inspiración a la siguiente, celebrando el ego que nos deja. El budismo mahayana denomina “tathātā” al reino de la experiencia no verbal: “ser así” o “ser eso”. Sería pues acoger la realidad tal cual la percibimos directamente, sin pasarla por el filtro de la mente.

Recuerda que acoger significa decir sí con todo tu corazón. Decir sí a la muerte te hace plenamente consciente de que tu propia vida es un milagro cuyo eco resuena cada segundo que pasa.

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