Y lo imposible, también.

Dos nuevos atentados sacuden nuestra comodidad. Sin pasarlo por la conciencia nos apresuramos a buscar imágenes que nos hagan sentir que estamos allí, en Bruselas, en París, en Kuwait, enfrentándonos a la realidad. Pensando el desgarro por dentro, la rotura del cuerpo que se estremece con la pérdida. Sintiendo la vida desplomarse. Más o menos acomodados a la noticia, cambiamos el periódico por el rompecabezas cotidiano, y recuperamos la impasibilidad, la desgana, el desafecto de la verdad.

 

Alguna vez leímos que no podíamos cambiar las cosas. Equivocadamente alguien nos dijo que nuestras pequeñas acciones caían en un pozo sin fondo, y lo más inteligente era apostar por el valor seguro de uno mismo. Nuestro mayor miedo ha sido siempre convertirnos en nada.

 

Lo cierto es que a “nada” nos reduce el resolver esa misma vida diaria, que se escala en los valores del bienestar material. Vivir una vida tranquila, a menudo, nada tiene que ver con estar atentos a la comprensión. Abrirnos a escuchar el sufrimiento de otra persona, nos motiva a ayudarla y a liberar la energía del amor. Practicar el amor significa también ser libres de entender la realidad de todas las sociedades. No basta con el simple instinto de amar, se trata de compartir la felicidad.Ante la comunidad que despierta a la violencia, el mundo necesita que vivas tu vida haciendo lo que esté en tu mano para contribuir a la felicidad de todos y todo.

 

Siente en ti la existencia de la realidad. Cada mañana, al despertar, miro tras la ventana y doy las gracias al sol por invitarme a vivir un nuevo día en la tierra. A los que utilizan el miedo como arma, quiero hacerles llegar un único mensaje: no tengo miedo. ¡No tenemos miedo! No pueden quitarnos la vida, porque no nos pertenece. Nuestra propia naturaleza está más allá del nacimiento y la muerte, pues vestimos un cuerpo abocado a la desaparición y vivimos un instante que es reflejo de la eternidad.

 

Tampoco podemos veros diferentes a nosotros, pues nuestras circunstancias son distintas a las vuestras y nunca sabremos cómo hubiéramos vivido una vida como la vuestra. No somos por lo tanto distintos, y en el nombre de todas las personas víctimas de esta violencia y de todas las generaciones venideras, os pedimos cesar la guerra del miedo.

 

Todos los seres humanos atendemos a una dimensión espiritual. Desde la visión de unidad que nos convierte en una gran familia, seremos capaces de transformar el miedo y la desesperación que ahora sentimos, y de trascender la imagen de la separación. Siempre que hay vida, hay esperanza.

 

“Al despertarme esta mañana, sonrío.
Veinticuatro nuevas horas me aguardan.
Prometo vivir plenamente cada instante y mirar a todos los seres con los ojos de la compasión.
Al lavarme los dientes y enjuagarme la boca, me comprometo a hablar con pureza y ternura.
Cuando mi boca desprende el aroma de las palabras correctas, una flor se abre en el jardín de mi corazón.”
Despierta a la Vida, Thich Nhat Hanh

 

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