Vivir sin un plan B.

Hace algunos meses visité a un piscomago, heredero de la tradición de Jodorowsky y Maillard, buscando el camino más llano para salir del paso a mis preguntas. Había olvidado algo que mi madre, mujer sabia donde las halla, nos recuerda: “Si no tienes la respuesta, cambia la pregunta porque la estás haciendo antes de tiempo.”

Confundida y fascinada, visité al alquimista solamente con las ruinas del tiempo. La vida que tenía entre las manos estaba devorada por el puro pasar de los días, que no distingue entre pasado, presente y futuro. La mirada que desde ellas logré, era una mirada en ruinas.

Como sabemos, la infancia es el lugar de la actividad creadora. Siendo niña quise ser buscamundos. Soñaba ser pintora, y cuando me puse a pintar, quise ser escritora. Trabajé hasta lograr escribir, y entonces sólo quería normas matemáticas para hacer transitable la vida. La austeridad y disciplina dieron paso otra vez a la seducción de la Naturaleza, y lo que fue cultural, se hundió en la tierra hasta parecer brotar de ella.

Los intentos frustrados, las ansias de volar, todo lo que pudo ocurrir y nunca llegó a pasar, son el lugar de la fantasía y la imaginación. Simplemente no nos pertenecen. Las ruinas son lo más brillante de la trama. Son puertas abiertas a la percepción, y conducen directamente al baile de los “Yoes”. Se abre el telón y la Consciencia y el “Yo”, bailan de la noche a la Luz, en un espacio de miradas y escucha.

Pero ¿qué ocurre cuando nos dicen: “Deja de esperar. Date, ábrete, elévalo todo.“? La visión llega desde afuera rompiendo el sentido de oscuridad; la claridad se abre paso y recorre el mundo con el único propósito de liberar la vida. La inocencia y la alegría irrumpen en el sueño de la pasividad, laten, y se produce casi un nacimiento.

Dejemos de esperar por más “experiencias-límite” que nos indiquen el camino entre lo apropiado y lo excluido. El secreto de la felicidad está en cuidar de otro, como de uno mismo. Y si durante esta vida, (entre las heridas que no se terminan de cerrar, y la alegría que más que vivirse, se respira), dejamos algún día de hacernos preguntas, tal vez, y sólo tal vez, estaremos preparados para la prodigiosa sincronía de todo lo vivo.

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