Dónde está dios.

La vida, cuya única ley parece ser el amor, se complace en repetir nuestros destinos. En uno de los viajes más desesperados que he hecho, me encontré en una audiencia del Papa Francisco en el Vaticano. En mitad de la Piazza San Pietro, ante miles de cabezas que escuchaban, el Papa Paco reflejaba el deseo de llevar paz a todos los pueblos, como los apóstoles de la historia sagrada, que hablaban con la luz de todas las lenguas.

A la salida de la audiencia un cruce de sensaciones, como un transbordo ferroviario, quizá sin yo saberlo empezaba a susurrar las palabras que desordenadamente hoy apunto. Nunca he tomado demasiado en serio la doctrina sobrenatural revelada católica, pues que la salvación dependa de nuestra conducta, después del bautismo, no deja de restar responsabilidad al hombre sobre su libertad de actuar desinteresadamente desde el amor y la compasión hacia todos los seres.

Pero encontrar al Papa por sorpresa había puesto los cimientos de la pregunta susurrada a veces y a gritos también expresada: ¿Dónde está dios? (cuando lo necesitamos)…

El afán de rodear la vida de respuestas, me llevó en otra ocasión a un templo hindú en Rishikesh, donde vi por última vez a Claudina (a quien añoro casi diariamente). Una mujer de origen argentino que vive hoy en un convento franciscano en el Cairo guiada por la voz interna de escuchar la voluntad divina. Años después compartí una deliciosa tarde con Véronique, cuya historia vital, tan extraordinaria como secreta, la llevó a construir un puente aromático al cielo.

La vida nos des-arma. Continuamente, seas quién seas, estés donde estés, y te dediques a lo que te dediques, un dios se esfuerza en cumplir ese anhelo de paz del que hablaba el Papa. Paz que ha lugar cuando el deseo de paz es interno, cuando se ha vencido la propia historia y ha triunfado la virtud.

El camino no sólo depara preguntas, sino que plantea certezas y nos las pone delante: la condena de la violencia no debe ser únicamente cuestión religiosa, mientras que el juicio a la homosexualidad, la eutanasia, la clonación terapéutica y el sexo disociado de la procreación, entre otros, solamente puede alejarse de la disposición abierta y caliente de la vida vivida.

No se trata de igualar el mal al bien, redimiéndolo, sino de igualar el bien con el mal hasta hacer desaparecer los juicios de valor que nos impiden experimentar en cuerpo y alma el sagrado momento de sentirnos vivos. 

“Porque el hombre tibio, el pecador cotidiano se conforma con cualquier cosa, pero la virtud elige y exige, y si el sueño de la razón engendra monstruos, el sueño de la virtud engendra dioses. O diosas“. – Francisco Umbral.

Hay que follarse a las mentes.” Martín (Hache), 1997.

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